Escudo de Armas de Alberguería de Argañán

 

 ALBERGUERÍA DE ARGAÑÁN

   Un pueblo de la Frontera, en la Provincia de Salamanca

<< a Portada

FOTOS DEL PUEBLO

FOTOS DE ALBERGALLOS

SANTA ANA 2003

PREGÓN AÑO 2002

PREGÓN DE FIESTAS DE SANTA ANA, AÑO 2002

 
 

El Pregonero, Antonio Ríos Espáriz, junto a Santiago Blanco.

 

 

Pregón de las Fiestas de Santa Ana

Alberguería de Argañán, 26 julio de 2002

 

Buenas noches, queridos amigos. Un saludo muy cordial a cuantos os encontráis en el entorno de este noble edificio del Ayuntamiento, símbolo de convivencia ciudadana, con el ánimo dispuesto a escuchar este modesto pregón; felicidades a todos los que os habéis acercado a este bonito pueblo para celebrar con vuestras familias, vuestros amigos y vuestros paisanos las entrañables fiestas en honor de su excelsa Patrona Santa Ana; y enhorabuena a los mayordomos, a las madrinas y a los padrinos que un año más vuelven a poner su mejor voluntad y todo su esfuerzo y su cariño para que Alberguería pueda seguir sintiéndose orgullosa del esplendor de su fiesta grande.

 

Los avatares de la vida me han alejado del pueblo más tiempo del que a mí me hubiese gustado, así que habrá más de uno, especialmente entre los jóvenes que, por desconocer mi relación con Alberguería, se estén preguntando cuáles son los méritos que atesoro para haber merecido el honor de protagonizar un acto tan emotivo como el de ser pregonero de unas fiestas tan dignamente presididas por una Santa que, a fuerza de ser santa, fue incluso madre de la Santísima Virgen.

 

Pues bien; quiero decir a los que no me conocen, a modo de presentación y sin ánimo de justificar una decisión cuya responsabilidad recae por entero en los señores mayordomos, que yo, aunque mirobrigense de nacimiento, me considero un auténtico albergallo de adopción porque llevo a Alberguería en el corazón desde que empecé a venir aquí cuando apenas contaba tres años de edad para pasar largas temporadas con mis cuatro abuelos, y con los tíos y primos con los que compartí muchos de los mejores momentos de mi vida.

Atentos a la lectura del Pregón

 

Tan orgulloso me he sentido de este pueblo que más de uno de mis más íntimos amigos al oírme hablar de él con el respeto, la admiración y el cariño con que suelo hacerlo, han dado por supuesto que éste era el lugar de mi nacimiento. Así que éstas son las únicas credenciales que he presentado para hacerme acreedor al honor que me ha sido concedido: mi profundo amor por este precioso pueblo y hacia las gentes maravillosas, sencillas y siempre afectuosas que fueron para mí como la continuación de mi propia familia en todos aquellos años en los que pude disfrutar de su compañía.

Me gustaría honrar aquí la memoria de todas aquellas personas entrañables, ya desgraciadamente desaparecidas, que contribuyeron a forjar en mí y en toda mi generación ese gran amor que profesamos a este terruño, pero la lista sería interminable; en cualquier caso, no me resigno a pasar por alto algunas de las más representativas, simplemente a título de ejemplo, y sin que ello suponga ni mucho menos menospreciar a las demás. Y así quiero citar entre todos ellos a nuestro casi eterno párroco don Silvestre, el de las bien pobladas cejas, que acertó al elegir como sacristán al señor Ángel, el negrito (y perdón por la familiaridad), padre de uno de nuestros insignes mayordomos, que se permitía la licencia de afirmar, con la enorme gracia que le caracterizaba, que “era el que más latín sabía, después del cura” (aún me parece verlo desgranando a toda velocidad aquellos responsos que cantaba sin solución de continuidad…); a mi abuelo Pepe, durante tantos años médico de Alberguería y Alamedilla, que a tantos muchachos ayudó a venir a este mundo y luego contribuyó a que se quedaran en él a fuerza de vacunas y penicilina; a don Jorge, nuestro respetado boticario, que además de reparar los males del cuerpo con sus fórmulas magistrales, fortalecía el espíritu con sus sabios consejos; a don Luis, aquel estupendo maestro con pinta de chulillo, que tenía los dedos de las dos manos de color amarillo coñac, de tanto apurar las colillas de las decenas de Ideales que fumaba diariamente; a la señora Perpetua, aquella inolvidable paisana que, sin que se conociera título alguno, enseñó a leer y escribir a medio pueblo, y que tenía la rara habilidad de ser capaz de limpiar los mocos de toda una generación con un único “moquero” (nunca mejor aplicado el nombre); a aquel pedazo de buen hombre que fue nuestro alcalde Paco, progenitor y predecesor en el cargo de nuestro actual regidor Paquito; al tío Ignacio el tamborilero, que tantas bodas, bautizos y bailes amenizó al son de la gaita y el tamboril; a su yerno, Nicasio, que a más de buen herrero, profesión que compartía con el señor Duque, terminó convirtiéndose en experto pirotécnico a fuerza de tirar los cohetes en las fiestas; al señor Luciano Nava, navito, propietario del salón en el que aprendimos a arrastrar los pies toda la muchachada del pueblo;  a don Pedro, el de la fábrica de la luz, que tantas velas ayudó a vender a los comerciantes a fuerza de apagones; a la familia Tetilla, que cobijó en su casa la primera y única central telefónica que tuvo este pueblo; a nuestras panaderas, Adelaida, Emilia y Carmen, fabricantes de aquellos exquisitos cuartales tan apreciados por españoles y lusitanos; a nuestros comerciantes, la señora Paula, madre de Jesús, otro de los mayordomos integrantes de esta célebre “quinta del 53”, y mis tíos Juanito y Carmen, que lo mismo vendían unas alpargatas de esparto que dos kilos de bacalao; y en fin, para no aburrir más a la audiencia, a nuestros zapateros Nicomedes e Ignacio, éste último también estanquero, capaces de reparar hasta las mismísimas sandalias de goma que por aquel entonces se estilaban. Todos ellos, y muchos más, son hoy merecedores de nuestro respeto y nuestro cariño. Que Dios los tenga en su gloria.

 

Seguro que desde allí, desde el cielo, nos acompañan en estos momentos y están dispuestos a echarnos una mano para que podamos celebrar estas fiestas con desbordante alegría y recordar todos juntos aquellos tiempos pasados que han llenado nuestra vida de añoranzas.

 

Personalmente pienso que estas fiestas de Santa Ana son algo así como una excelente disculpa para volver a los orígenes, un toque de rebato para que los que viven fuera vuelvan a congregarse en el redil del terruño nunca olvidado, una buena oportunidad para revivir con los viejos amigos las anécdotas que vivimos cuando paseábamos nuestras inquietudes juveniles por parajes tan bellos y recordados como la Fuentita o el Calvario, la Dehesa o la Zorrera, los Pinos o el camino de Aldea. Cuántos ratos, cuántas horas de sano esparcimiento, de buena camaradería, habremos disfrutado; y también, ¿por qué no?, cuántas travesuras habremos cometido en nuestras correrías por los cuatro puntos cardinales de este pueblo.

 

Eso sí, nadie podría negarle a aquella juventud que hoy peina canas su buena disposición para encontrarle el lado bueno a la vida, su capacidad para ser felices con una simple pelota de goma o de trapo, un aro improvisado arrancado de los viejos toneles, o una chirumba fabricada sobre la marcha con cualquier trozo de madera. Entonces no teníamos juegos de ordenador, ni televisores, ni walkman, ni siquiera una radio que llevarnos al oído; pero, la verdad, no necesitábamos nada de esto para pasarlo bien, ya fuera verano o invierno, Semana Santa o Navidad, de día o de noche, estuviera luciendo el sol o lloviendo a chaparrones, porque Alberguería nos daba todo lo que queríamos: un entorno acogedor y unos amigos entrañables con los que se podría ir al fin del mundo sin aburrirse ni medio minuto. Y cuando ya fuimos siendo mayorcitos, a la sana diversión de cada día se sumaba la secreta esperanza de que en el baile del domingo pudiéramos echar un par de piezas con la moza de nuestros sueños, eso sí, bajo la atenta vigilancia de las mamás constituidas en una censura férrea y situadas estratégicamente en los bancos alrededor del salón.

 

Pero la culminación de todas nuestras ilusiones no podía ser otra que la llegada de las fiestas a las que sirve de introducción este humilde pregón. Unas fiestas que, en su esencia, no han cambiado tanto como para poder establecer radicales diferencias entre las de antes y las de ahora, salvo en algunos detalles de los que me gustaría dejar constancia. Por ejemplo: entonces se disfrutaba de cada momento con mucha más intensidad porque todos sabíamos que, finalizadas las fiestas, nuestro mundo volvía a reducirse al baile de los domingos y a los paseos y reuniones con los amigotes los días de cada día, para los más jóvenes, y al trabajo cotidiano y a las duras faenas del campo para los mayores; entonces nos pasábamos todo el año ahorrando peseta a peseta para poder hacer estos días lo que el resto del año nos estaba vedado; que, por cierto, eran cosas tan sencillas como montar en las barcas o en el tiovivo, tomar un refresco de zarzaparrilla o un helado de barquillo, o demostrar a los amigos nuestras habilidades con la escopeta de aire comprimido en las casetas de tiro al blanco.

 

Algo hay también para echar de menos en estos momentos; algo tan querido y recordado para los mayores del lugar como aquel centenario “árbol gordo” que tanto sabía de nuestras confidencias de juventud; aquel árbol que a más de uno salvó de una buena cornada el día de Santa Ana, la chica; aquel buen árbol que con su tupido follaje daba su sombra y servía de espléndido trono a la imagen de nuestra excelsa Patrona mientras presidía uno de los actos más solemnes y emotivos de todas las fiestas: el Ofertorio, momento culminante de los actos religiosos, que tenía, y supongo que sigue teniendo, la virtud de congregar a todo el pueblo.

 

Tan majestuosa y representativa era esta especie vegetal, única en su género, que don Joaquín Román, canónigo que fue de la Santa Iglesia Catedral de Ciudad Rodrigo, le compuso una poesía que dedicó a mi inolvidable y querido tío Fernando, de la que entresaco los siguientes magníficos versos:

Hay delante de la iglesia de tu pueblo

un árbol venerando,

recuerdo de románticas leyendas

y viejo relicario

de la fe y tradiciones, siempre hermosas,

de aquel terruño charro.

 

-Y seguía un poco más adelante diciéndole a nuestro árbol:

Tú eres testigo de la alegre ofrenda

con que el pueblo cristiano

a su Patrona insigne

honra todos los años.

Tú has visto a las madrinas más hermosas,

y a los mozos más guapos,

ofrecer a Santa Ana

las roscas y los ramos

entre la admiración del pueblo todo

y el general aplauso.

 

-Por último, terminaba diciéndole al árbol:

Tú has presidido todas nuestras fiestas;

con todos nuestros goces has gozado;

tú has sufrido con todas nuestras penas;

tú has llorado con todos nuestros llantos.

¡Ojalá seas eterno, árbol querido!

Antonio Ríos recibiendo del Ayuntamiento una placa conmemorativa.

Ojalá, digo yo ahora, que este aprendiz de “árbol gordo” que ha venido a tomar su lugar, se convierta con el paso del tiempo en un digno sucesor, para que pueda ocupar un puesto preferente en el corazón de todos los albergallos como supo hacerlo su predecesor.

 

Podría seguir por mucho tiempo dando rienda suelta a todos los sentimientos que me inspira un pueblo tan querido para mí, abriendo de par en par las puertas a los miles de recuerdos, a cuál más inolvidable, que se agolpan en mi mente pugnando por asomarse al exterior, pero no quiero agotar vuestra casi infinita paciencia y, además, comprendo que estas son horas más propicias para disfrutar con los amigos de una fresca jarra de cerveza y un buen plato de jamón que de escuchar la perorata de un viejo sentimental.

 

Pero no querría terminar sin aprovechar esta oportunidad para animaros a conservar, y si fuera posible incrementar, el tipismo y esplendor de unas fiestas que fueron durante muchos años la envidia de la comarca. A los que vivís fuera, os pediría que no perdáis la buena costumbre de volver aquí al menos durante estos días de fiesta, que exhortéis a vuestros hijos a venir a la cuna de sus mayores, que invitéis a vuestros amigos de allende nuestras fronteras y de otros lugares de España a conocer un pueblo tan bonito y acogedor como éste, un pueblo que ha vivido gestas gloriosas en los siglos XV al XIX a la sombra de un castillo con más de 550 años a sus espaldas, que aunque hoy en ruinas, fue el orgullo de las fortificaciones de la frontera, uno de los cuatro puntos fuertes de la Raya de Portugal; un pueblo que ha recibido del cielo el regalo de unas gentes que saben tratar a sus huéspedes con el cariño que se merecen y que está asentado en un paraje de ensueño, de extraordinaria belleza, que invita a pasear y a meditar en un ambiente relajante.

 

No podemos permitir que nuestro pueblo se vaya consumiendo poco a poco y termine marchitándose como aquel árbol gordo al que creíamos eterno y que ya no es más que un bonito recuerdo del pasado. Hay que seguir luchando para que estas fiestas no decaigan, para que vuelvan a ser grandes como siempre lo fueron; y hay que seguir aportando nuestro granito de arena para que Alberguería, esta Alberguería que llevamos grabada a fuego en el corazón, vuelva a brillar con luz propia y a sentirse orgullosa de su historia pasada y reciente.

 

Gracias por vuestra presencia y por la atención que me habéis prestado. Para terminar, gritad conmigo:

 

¡Viva nuestra Patrona Santa Ana!

¡Vivan los mayordomos, las madrinas y los padrinos!

¡Viva Alberguería de Argañán!

 

Antonio Ríos Espáriz

 

 

aredisweb/ Templates 2007-2010

www.ciudad-rodrigo.net

Optimizado para 1.024 x 768 - Internet Explorer 5.5 o superior - Todos los derechos reservados