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Pregón
de las Fiestas de Santa Ana
Alberguería de Argañán, 26 julio de
2002
Buenas
noches, queridos amigos. Un saludo muy cordial a
cuantos os encontráis en el entorno de este noble
edificio del
Ayuntamiento,
símbolo de convivencia ciudadana, con el ánimo
dispuesto a escuchar este modesto pregón;
felicidades a todos los que os habéis acercado a
este bonito pueblo para celebrar con vuestras
familias, vuestros amigos y vuestros paisanos las
entrañables fiestas en honor de su excelsa Patrona
Santa Ana; y enhorabuena a los mayordomos, a las
madrinas y a los padrinos que un año más vuelven a
poner su mejor voluntad y todo su esfuerzo y su
cariño para que Alberguería pueda seguir sintiéndose
orgullosa del esplendor de su fiesta grande.
Los
avatares de la vida me han alejado del pueblo más
tiempo del que a mí me hubiese gustado, así que
habrá más de uno, especialmente entre los jóvenes
que, por desconocer mi relación con Alberguería, se
estén preguntando cuáles son los méritos que atesoro
para haber merecido el honor de protagonizar un acto
tan emotivo como el de ser pregonero de unas fiestas
tan dignamente presididas por una Santa que, a
fuerza de ser santa, fue incluso madre de la
Santísima Virgen.
Pues
bien; quiero decir a los que no me conocen, a modo
de presentación y sin ánimo de justificar una
decisión cuya responsabilidad recae por entero en
los señores mayordomos, que yo, aunque mirobrigense
de nacimiento, me considero un auténtico albergallo
de adopción porque llevo a Alberguería en el corazón
desde que empecé a venir aquí cuando apenas contaba
tres años de edad para pasar largas temporadas con
mis cuatro abuelos, y con los tíos y primos con los
que compartí muchos de los mejores momentos de mi
vida. |
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Me
gustaría honrar aquí la memoria de todas aquellas
personas entrañables, ya desgraciadamente
desaparecidas, que contribuyeron a forjar en mí y en
toda mi generación ese gran amor que profesamos a
este terruño, pero la lista sería interminable; en
cualquier caso, no me resigno a pasar por alto
algunas de las más representativas, simplemente a
título de ejemplo, y sin que ello suponga ni mucho
menos menospreciar a las demás. Y así quiero citar
entre todos ellos a nuestro casi eterno párroco don
Silvestre, el de las bien pobladas cejas, que acertó
al elegir como sacristán al señor Ángel, el
negrito (y perdón por la familiaridad), padre de
uno de nuestros insignes mayordomos, que se permitía
la licencia de afirmar, con la enorme gracia que le
caracterizaba, que “era el que más latín sabía,
después del cura” (aún me parece verlo desgranando a
toda velocidad aquellos responsos que cantaba sin
solución de continuidad…); a mi abuelo Pepe, durante
tantos años médico de Alberguería y Alamedilla, que
a tantos muchachos ayudó a venir a este mundo y
luego contribuyó a que se quedaran en él a fuerza de
vacunas y penicilina; a don Jorge, nuestro respetado
boticario, que además de reparar los males del
cuerpo con sus fórmulas magistrales, fortalecía el
espíritu con sus sabios consejos; a don Luis, aquel
estupendo maestro con pinta de chulillo, que tenía
los dedos de las dos manos de color amarillo coñac,
de tanto apurar las colillas de las decenas de
Ideales que fumaba diariamente; a la señora
Perpetua, aquella inolvidable paisana que, sin que
se conociera título alguno, enseñó a leer y escribir
a medio pueblo, y que tenía la rara habilidad de ser
capaz de limpiar los mocos de toda una generación
con un único “moquero” (nunca mejor aplicado el
nombre); a aquel pedazo de buen hombre que fue
nuestro alcalde Paco, progenitor y predecesor en el
cargo de nuestro actual regidor Paquito; al tío
Ignacio el tamborilero, que tantas bodas, bautizos y
bailes amenizó al son de la gaita y el tamboril; a
su yerno, Nicasio, que a más de buen herrero,
profesión que compartía con el señor Duque, terminó
convirtiéndose en experto pirotécnico a fuerza de
tirar los cohetes en las fiestas; al señor Luciano
Nava, navito, propietario del salón en el que
aprendimos a arrastrar los pies toda la muchachada
del pueblo; a don Pedro, el de la fábrica de la
luz, que tantas velas ayudó a vender a los
comerciantes a fuerza de apagones; a la familia
Tetilla, que cobijó en su casa la primera y única
central telefónica que tuvo este pueblo; a nuestras
panaderas, Adelaida, Emilia y Carmen, fabricantes de
aquellos exquisitos cuartales tan apreciados por
españoles y lusitanos; a nuestros comerciantes, la
señora Paula, madre de Jesús, otro de los mayordomos
integrantes de esta célebre “quinta del 53”, y mis
tíos Juanito y Carmen, que lo mismo vendían unas
alpargatas de esparto que dos kilos de bacalao; y en
fin, para no aburrir más a la audiencia, a nuestros
zapateros Nicomedes e Ignacio, éste último también
estanquero, capaces de reparar hasta las mismísimas
sandalias de goma que por aquel entonces se
estilaban. Todos ellos, y muchos más, son hoy
merecedores de nuestro respeto y nuestro cariño. Que
Dios los tenga en su gloria.
Seguro
que desde allí, desde el cielo, nos acompañan en
estos momentos y están dispuestos a echarnos una
mano para que podamos celebrar estas fiestas con
desbordante alegría y recordar todos juntos aquellos
tiempos pasados que han llenado nuestra vida de
añoranzas.
Personalmente pienso que estas fiestas de Santa Ana
son algo así como una excelente disculpa para volver
a los orígenes, un toque de rebato para que los que
viven fuera vuelvan a congregarse en el redil del
terruño nunca olvidado, una buena oportunidad para
revivir con los viejos amigos las anécdotas que
vivimos cuando paseábamos nuestras inquietudes
juveniles por parajes tan bellos y recordados como
la Fuentita o el Calvario, la Dehesa o la Zorrera,
los Pinos o el camino de Aldea. Cuántos ratos,
cuántas horas de sano esparcimiento, de buena
camaradería, habremos disfrutado; y también, ¿por
qué no?, cuántas travesuras habremos cometido en
nuestras correrías por los cuatro puntos cardinales
de este pueblo.
Eso
sí, nadie podría negarle a aquella juventud que hoy
peina canas su buena disposición para encontrarle el
lado bueno a la vida, su capacidad para ser felices
con una simple pelota de goma o de trapo, un aro
improvisado arrancado de los viejos toneles, o una
chirumba fabricada sobre la marcha con cualquier
trozo de madera. Entonces no teníamos juegos de
ordenador, ni televisores, ni walkman, ni siquiera
una radio que llevarnos al oído; pero, la verdad, no
necesitábamos nada de esto para pasarlo bien, ya
fuera verano o invierno, Semana Santa o Navidad, de
día o de noche, estuviera luciendo el sol o
lloviendo a chaparrones, porque Alberguería nos daba
todo lo que queríamos: un entorno acogedor y unos
amigos entrañables con los que se podría ir al fin
del mundo sin aburrirse ni medio minuto. Y cuando ya
fuimos siendo mayorcitos, a la sana diversión de
cada día se sumaba la secreta esperanza de que en el
baile del domingo pudiéramos echar un par de piezas
con la moza de nuestros sueños, eso sí, bajo la
atenta vigilancia de las mamás constituidas en una
censura férrea y situadas estratégicamente en los
bancos alrededor del salón.
Pero
la culminación de todas nuestras ilusiones no podía
ser otra que la llegada de las fiestas a las que
sirve de introducción este humilde pregón. Unas
fiestas que, en su esencia, no han cambiado tanto
como para poder establecer radicales diferencias
entre las de antes y las de ahora, salvo en algunos
detalles de los que me gustaría dejar constancia.
Por ejemplo: entonces se disfrutaba de cada momento
con mucha más intensidad porque todos sabíamos que,
finalizadas las fiestas, nuestro mundo volvía a
reducirse al baile de los domingos y a los paseos y
reuniones con los amigotes los días de cada día,
para los más jóvenes, y al trabajo cotidiano y a las
duras faenas del campo para los mayores; entonces
nos pasábamos todo el año ahorrando peseta a peseta
para poder hacer estos días lo que el resto del año
nos estaba vedado; que, por cierto, eran cosas tan
sencillas como montar en las barcas o en el tiovivo,
tomar un refresco de zarzaparrilla o un helado de
barquillo, o demostrar a los amigos nuestras
habilidades con la escopeta de aire comprimido en
las casetas de tiro al blanco.
Algo
hay también para echar de menos en estos momentos;
algo tan querido y recordado para los mayores del
lugar como aquel centenario “árbol gordo” que tanto
sabía de nuestras confidencias de juventud; aquel
árbol que a más de uno salvó de una buena cornada el
día de Santa Ana, la chica; aquel buen árbol
que con su tupido follaje daba su sombra y servía de
espléndido trono a la imagen de nuestra excelsa
Patrona mientras presidía uno de los actos más
solemnes y emotivos de todas las fiestas: el
Ofertorio, momento culminante de los actos
religiosos, que tenía, y supongo que sigue teniendo,
la virtud de congregar a todo el pueblo.
Tan
majestuosa y representativa era esta especie
vegetal, única en su género, que don Joaquín Román,
canónigo que fue de la Santa Iglesia Catedral de
Ciudad Rodrigo, le compuso una poesía que dedicó a
mi inolvidable y querido tío Fernando, de la que
entresaco los siguientes magníficos versos: |
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Ojalá,
digo yo ahora, que este aprendiz de “árbol gordo”
que ha venido a tomar su lugar, se convierta con el
paso del tiempo en un digno sucesor, para que pueda
ocupar un puesto preferente en el corazón de todos
los albergallos como supo hacerlo su predecesor.
Podría
seguir por mucho tiempo dando rienda suelta a todos
los sentimientos que me inspira un pueblo tan
querido para mí, abriendo de par en par las puertas
a los miles de recuerdos, a cuál más inolvidable,
que se agolpan en mi mente pugnando por asomarse al
exterior, pero no quiero agotar vuestra casi
infinita paciencia y, además, comprendo que estas
son horas más propicias para disfrutar con los
amigos de una fresca jarra de cerveza y un buen
plato de jamón que de escuchar la perorata de un
viejo sentimental.
Pero
no querría terminar sin aprovechar esta oportunidad
para animaros a conservar, y si fuera posible
incrementar, el tipismo y esplendor de unas fiestas
que fueron durante muchos años la envidia de la
comarca. A los que vivís fuera, os pediría que no
perdáis la buena costumbre de volver aquí al menos
durante estos días de fiesta, que exhortéis a
vuestros hijos a venir a la cuna de sus mayores, que
invitéis a vuestros amigos de allende nuestras
fronteras y de otros lugares de España a conocer un
pueblo tan bonito y acogedor como éste, un pueblo
que ha vivido gestas gloriosas en los siglos XV al
XIX a la sombra de un castillo con más de 550 años a
sus espaldas, que aunque hoy en ruinas, fue el
orgullo de las fortificaciones de la frontera, uno
de los cuatro puntos fuertes de la Raya de Portugal;
un pueblo que ha recibido del cielo el regalo de
unas gentes que saben tratar a sus huéspedes con el
cariño que se merecen y que está asentado en un
paraje de ensueño, de extraordinaria belleza, que
invita a pasear y a meditar en un ambiente
relajante.
No
podemos permitir que nuestro pueblo se vaya
consumiendo poco a poco y termine marchitándose como
aquel árbol gordo al que creíamos eterno y que ya no
es más que un bonito recuerdo del pasado. Hay que
seguir luchando para que estas fiestas no decaigan,
para que vuelvan a ser grandes como siempre lo
fueron; y hay que seguir aportando nuestro granito
de arena para que Alberguería, esta Alberguería que
llevamos grabada a fuego en el corazón, vuelva a
brillar con luz propia y a sentirse orgullosa de su
historia pasada y reciente.
Gracias por vuestra presencia y por la atención que
me habéis prestado. Para terminar, gritad conmigo:
¡Viva nuestra Patrona Santa Ana!
¡Vivan los mayordomos, las madrinas y los padrinos!
¡Viva Alberguería de Argañán!
Antonio Ríos Espáriz |