Buenas tardes, Señor Alcalde,
Señores Concejales, queridos familiares, vecinos y amigos todos.
Si pregonar es anunciar con énfasis algo importante para que todo el
mundo lo conozca, lo que yo debería hacer, desde ya, es ponerme a
proclamar a los cuatro vientos las excelencias de nuestro pueblo, de
sus habitantes y de sus fiestas. Nada me resultaría más fácil, pues
tengo sobrados motivos para conocerlas en profundidad. Pero no sería
justo que hiciese tal, sin antes mostrar mi agradecimiento al Sr.
Alcalde y al resto de la Corporación, por la deferencia que han
tenido al brindarme la oportunidad de oficiar como Pregonero de las
fiestas de Alberguería, en honor de su querida y excelsa Patrona
Santa Ana. Representa un honor que llevaré con orgullo, aún
desconociendo cuales han sido mis méritos para merecerlo, pero que
siendo como soy, ALBERGALLO de corazón -que no de nacimiento-, hace
que me sienta doblemente honrado por la distinción.
Es la primera vez que lanzo al aire un pregón, por lo que antes de
acometer tan difícil compromiso, en el que mis predecesores
demostraron tan buen hacer, ya os anticipo que os hablaré desde el
sentimiento que guardo hacia el lugar que vio nacer a mis padres y
en el que mis raíces profundizan no menos de cinco generaciones, y
que no es otro, que un profundo amor y una inexorable querencia por
este entrañable pueblo de Alberguería que, más aún que un pueblo, es
para mi un sentimiento, un estado de ánimo.
No obstante, y como seguro a todo riesgo, hago mías las palabras de
Antonio Banderas cuando, desde el balcón del Ayuntamiento de Málaga,
pregonó: "que nadie espere alardes literarios, ni ripios floreados,
ni retorcidas retóricas. Yo soy hijo del pueblo, y como tal me
expresaré".
Y partiendo de tal premisa, empezaré por decir que este pregón no
puede ni debe quedarse en el simple anuncio oficial de lo que
resulta evidente: el comienzo de las fiestas; sino en un canto a la
historia de nuestro pueblo, a su pasado a través de las vivencias
propias, a su futuro y, como no, a la grandeza y al mismo tiempo
sencillez de sus gentes.
Así es, que para cumplir con lo dicho, introduzco en este punto el
primero de tales cantos, que no es otro, que el de la historia de
nuestro pueblo. Alberguería es un lugar con una historia tan grande
como desconocida. Un lugar que tiene marcadas sus señas de identidad
en los muros de su castillo que, aun malheridos por violentas
guerras y maltratados, no tanto por los agentes atmosféricos como
por la desconsiderada intervención del hombre, se resisten a
desaparecer, como conscientes de su condición de ser mudos testigos
de la historia y devenir, tanto del lugar como de las gentes que
necesitadas de su amparo y protección, se aferraron a ellos creando
el embrión de la Alberguería que hoy conocemos.
Y es, precisamente, por la tan estrecha relación entre la historia
de Alberguería y la de su castillo que, me permitiré la licencia de
evocar la primera apoyándome en hechos en los que, directa o
indirectamente, es protagonista el segundo, pues tanto monta, monta
tanto.
Así, la referencia documental más antigua que he podido localizar
sobre Alberguería, está enmarcada en el siglo XIV. Se trata del
interrogatorio realizado en el año 1376 por el juez Gonzalo Pérez de
Zamora a campesinos de diversos pueblos de la tierra de Ciudad
Rodrigo, acerca de la ocupación ilegal de términos comunales. Del
mismo se deduce que la existencia del lugar de Alberguería data,
cuando menos, del año 1366, fecha en que fue ilegalmente ocupado por
Esteban Yañez Pacheco, caballero noble y principal del linaje de los
Pacheco.
Pero es ya en el año 1474, cuando los esposos Alvar Pérez Osorio y
María Pacheco se convierten en los primeros Señores de Alberguería,
al serles concedida por Enrique IV la jurisdicción sobre el lugar,
en agradecimiento a los servicios prestados por su montero mayor
Esteban Pacheco, padre de María Pacheco, con el fin de que se
pueble, ya que no disponían de tropa privada ni de nadie que
defendiese su fortaleza.
Fijaos si sería grande la fama del talento, hermosura y riquezas de
doña María Pacheco, que no dudó en pedir su mano un caballero como
don Alvar Pérez Osorio, 1er. Marqués de Astorga, Señor de la Cepeda,
Conde de Trastámara y Conde de Villalobos, el cual hubo de consentir
en las capitulaciones matrimoniales que los hijos del matrimonio
llevasen como primer apellido el de la madre.
Como anécdota, os cuento que fruto de las numerosas confrontaciones
bélicas que padecen Ciudad Rodrigo y su tierra en los siglos XIII y
XIV, resulta una clara política repobladora que da lugar a las
llamadas "cartas de vecindad". En una de ellas, el rey Juan II
ordena, que cualquier vecino de Portugal que viniese a morar a
Ciudad Rodrigo y su tierra, quedaría exento de todo impuesto por 15
años. Y es aquí donde sale a relucir la chispa y agudeza de ingenio
que atesoráis por estas tierras, consecuencia del cual, en 1447 fue
necesario dictar una ordenanza en Ciudad Rodrigo, en los términos
siguientes: "No se otorgarán cartas de vecindad a aquellos vecinos
de la ciudad y su tierra que, por no pagar impuestos, se marchen a
vivir al reino de Portugal, para después retornar al cabo de un
tiempo y ganar la exención"-¡Vaya si eran listos!-.
Pero si la Guerra de Sucesión supuso cuatro años de continuas
cabalgadas de los portugueses por las tierras de Ciudad Rodrigo
arrasando y robando haciendas, no menos fatigas, sufrimientos y
calamidades trajeron los veintiocho años de duración de la Guerra de
la Restauración con Portugal. Valga como muestra que en el año 1643
Álvaro de Abrantes, gobernador de la Beira, atacó esta plaza
apoderándose de ella y entregándola a las llamas, aunque sin poder
rendir su castillo, por lo que se retiró a Alfayates, no sin antes
talar y arrasar la campiña y llevarse los ganados.
Tan sólo unos años después, el 12 de marzo de 1660, invaden los
portugueses el campo de Argañán con seis mil infantes y ochocientos
hombres a caballo. Esta vez sí cae el castillo de Alberguería, que
permanece en manos portuguesas hasta el mes de julio de 1661, en que
lo recupera el duque de Osuna, recibiendo del rey orden de
restaurarlo inmediatamente.
Perdido de nuevo, por segunda vez, los ejércitos de la Monarquía lo
recuperan en el año 1664.
Todos estos hechos nos hablan de la gran importancia estratégica que
tuvo Alberguería debido a su situación sobre la misma frontera y al
hecho de contar con castillo fortaleza para ejercer el control de la
misma, y de cuyo declive tenemos noticia a través del Catastro del
Marqués de la Ensenada (Alberguería 1752), en el que se le define en
estado de ruina y bajo propiedad de Don Vicente Moctezuma, Conde de
Alba de Yeltes, Marqués de Cerralbo, Almarza y Flores Dávila.
En abril de 1949 fue declarado Bien de Interés Cultural.
Pero, como ya anticipé, es el momento de hacer el canto al pasado de
nuestro pueblo a través de las propias vivencias. Y así empezaré por
deciros que uno de los más intensos recuerdos que almaceno en mi
memoria lejana, se refiere precisamente a uno de los primeros
veranos que pasé aquí, contando a penas tres años.
Todos los años en cuanto nos daban las vacaciones nos veníamos a
Alberguería. El verano significaba la ilusión y alegría de poder
estar de nuevo con mis abuelos, tíos y primos, y con un buen montón
de amigos con los que compartir un inagotable número de nuevas,
divertidas y más que arriesgadas experiencias. Venir al pueblo
significaba eso que tanto buscamos de mayores: libertad.
Aquí sentí la intensidad de la infancia, de la adolescencia, y de
una buena parte de mi juventud, bajo el calor de los seres queridos
y al amparo de los lazos familiares. Con cierta añoranza os digo que
la Alberguería de aquel entonces era plenamente rural y se asomaba a
un campo cuya variedad de olores, sonidos y sensaciones han quedado
tan profundamente grabados en mi memoria, que su simple evocación me
retrotrae inmediatamente a las vivencias de aquellos felices años.
Frente a la enorme ciudad de donde venía, el Pueblo y sus gentes
eran algo próximo, inmediato, que casi se podía sentir como un ser
vivo.
Alberguería me ofrecía en aquel entonces,..prados, canchales,
huertas y pinares, más una hermosa dehesa para correr y
disfrutar;…nidos con huevos cuya ubicación celosamente ocultaba;…
lagartos, bastardos, ranas y renacuajos;…mi primera jaula con
pajarillo que alimentar y cuidar, cual "TAMAGOCHI";…jugar a la
chirumba, a "la olla", a "zorro, pico, zaina", a vistas, a guardias
y contrabandistas, a los coches con carrocería de lata de sardinas y
ruedas de carrete, a moler tierra en las paredes de la calleja de mi
abuelo, a pastorear "bugallas" entre "engarillas" de paja y, como no
recordarlo, a los arcos que, con tanto esmero nos enseñó a hacer
Rogelio.
Alberguería me invitaba entonces,…a ir a Escuela con una lata llena
de ascuas a modo de estufa;…a disfrutar del queso y de la leche de
la Ayuda Americana;…a montar en el carro;…a trillar;…a ver mallar;…a
hacer de tapón entre las piernas de los mayores para recoger la
parva;…a ver la trilladora de Nino;…a recoger los cuernos del
centeno;…a enrasar la media;…a atar los sacos de trigo;…a estorbar
en la escalera del "sobrao" cuando subían los sacos, y a escaquearme
para evitar los picores de la paja durante el acarreo;…a ver
esquilar y poner "moreno" en los cortes;…a vendimiar y ver
prensar;…a montar en la yegua de mi tío Hipólito, gracias a mi tía
Tomasa;…a llevar las vacas en la burra, mejor que andando;…a vigilar
a la burra durante las 2000 vueltas que, por lo menos, duraba el
riego de la huerta, si no más, cuando coincidía que la pandilla te
estaba esperando; y… a qué seguir: Un sin fin de cosas más que
colmaron mi infancia y adolescencia de felices e inolvidables
momentos.
Con el paso del tiempo fueron ya otros los gozos y las sombras de
mis estancias en Alberguería. Sabéis que el tiempo filtra y
dulcifica los recuerdos para que la vida y las cosas de nuestro
pasado, vistas a través de la nostalgia, nos parezcan mejor de lo
que en realidad fueron. De ahí aquello de que "Cualquier tiempo
pasado fue mejor". Quizá por eso me parece imposible, improcedente e
incluso imprudente describir aquí tantos y tan buenos recuerdos como
acuden a mi mente. Me lo vais a perdonar.
Pero Alberguería no es sólo pasado, sino también presente y futuro.
Es patente hoy que el envejecimiento y la despoblación, las
limitaciones administrativas, económicas y culturales, han venido
estrangulado los procesos de desarrollo y están aupando a estas
áreas de economía débil a enmarcarse entre las comarcas rurales que,
eufemísticamente llaman "deprimidas". Pero creo que debemos y
podemos ser optimistas. La Comarca dispone de un amplio abanico de
soportes y oportunidades: diversas y contrastadas unidades
paisajísticas, producción de electricidad, alimentos de calidad,
rico patrimonio natural e histórico-artístico, identidad cultural,
etc. Pero, además, y como complemento a la posible solución que
supondría la aplicación por parte de nuestros regidores de una
acertada política de desarrollo rural sostenible, enfocada a la
diversificación de las actividades económicas y sociales, en
Alberguería tenemos mucho oxígeno, naturaleza, sol, paz y
tranquilidad para ofrecer a esa civilización venidera, que
necesariamente habrá de administrar su tiempo libre. ¡Seamos
optimistas!, aunque con el mazo dando.
Pero, ¿que sería de un pregón si de las fiestas no hablase?. Pues
eso, qué no sería tal. Hablemos pues de las fiestas. De ese retorno
a nuestras raíces. De esa manifestación de nuestras señas de
identidad que, es aquí, en pueblos pequeños como el nuestro, donde
se pone de manifiesto el legado cultural y patrimonial que subyace
bajo un modesto programa de fiestas.
De las nuestras decía Casiano Sánchez Aires, hace ya más de un
siglo, en su libro "GEOGRAFÍA, HISTORICA Y ESTADÍSTICA DEL PARTIDO
JUDICIAL DE CIUDAD RODRIGO": "fiestas clásicas, la de Santiago y Sta.
Ana, ésta con ofertorio y aquella con bailables y una touradinha. No
suelen faltar puestos de golosinas, para tormento de chiquillos
embelesados. Acude numeroso gentío, no sólo de España sino del
Extranjero (Aldea de Ponte, Forcalhos, Aldea do Bispo, é de outros
muitos populos portuenses).El día de Santa Ana llenan de roscas los
brazos de las andas colocadas en el Presbiterio; hecha la festividad
religiosa matutina con disparo de cohetes, procesión y demás,
celebrase por la tarde el Ofertorio, sacando la Santa á la puerta de
la Iglesia, y una vez terminado, procede el mayordomo en presencia
del Cura á la pública licitación"
Creo que no puede quedar más claro el legado, el mantenimiento de la
tradición. Nadie diría que no se trata de la descripción de la
fiesta del año pasado . Por eso, y aunque el mundo de hoy esté
marcado por lo que se conoce como el proceso de la globalización,
por el que los modelos económicos, sociales y culturales de carácter
mundial se imponen sobre los de carácter nacional o regional,
debemos luchar para que dicho proceso no incida negativamente en la
supervivencia y valoración de nuestras mejores tradiciones.
Las fiestas son un acontecimiento ritual, colectivo y cada vez menos
espontáneo, desafortunadamente, del que el hombre ha tenido
necesidad desde el principio de los tiempos. Las fiestas que tanta
ilusión han hecho siempre a los jóvenes y a los no tan jóvenes, nos
invitan a romper esa rutina que siempre amenaza con extender una
capa de moho sobre la vida. Nos invitan a romper la monotonía. Nos
colocan en una situación de confraternización, de relaciones
sociales igualitarias, espontáneas y cercanas. Nos colocan, en
definitiva, en una nueva y diferente realidad social.
¡Queridos familiares, amigos, vecinos y visitantes! ¡La fiesta
empieza ya! ¡Olvidemos lo cotidiano y, diferencias al margen,
unámonos todos para cantar, bailar y reír, dentro del mayor respeto
y cordialidad. Esa es la diversión que debería manar abundantemente
en estas Fiestas de Santa Ana
Pero antes, y ya para finalizar, quisiera haceros partícipes de la
gran satisfacción que me ha producido haberme podido encontrar esta
noche, frente a frente, con este Pueblo de Alberguería. Con la
Alberguería de los míos, de los que son y de los que, aunque se
fueron, permanecen vivos en mi memoria. Mi mejor recuerdo para todos
ellos, pero… especialmente para mi madre. La Alberguería de mis
amigos, de los que están y de los que se fueron….mi recuerdo para
vosotros. La Alberguería de las mujeres y de los hombres que la
habitaron y habitan, la más profunda esencia de "lo humano"….mi
evocación y homenaje para todos vosotros. ¡Este es mi pueblo!
Gracias por vuestra presencia y por la atención que me habéis
prestado.
Y ahora, gritad conmigo:
¡Viva Santa Ana!
¡Viva Alberguería!
¡Vivan los Mayordomos, madrinas y padrinos!
¡Vivan sus fiestas!
ALBERTO LANCHAS
La Alberguería de Argañán, 25 de julio de 2006.