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Marzo 2008 |
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Coraje.-
Al
principio, cuando era niño, no tenía dinero, pero
tenía coraje.
Su
familia, de humildes labriegos, sin más pretensiones
que las de comer, no hacía demasiado caso a las
inquietudes del muchacho, y quería que siguiera la
misma senda de conformismo y sudor, pues así habían
ellos vivido, y otras formas de ganarse la vida,
diferentes a las de las eras y las mañanas gélidas,
y los calores de Agosto, no suponían más que rechazo
y miedo. Ese temor perpetuo de los pobres a ser más
pobres. Esa desconfianza de los estancados en la
miseria a asumir otras maneras de ganar el pan,
envueltos en el
pensamiento de que solo valen para lo que llevan
toda la vida haciendo. Las experiencias, los nuevos
retos, decía el cabeza de familia, son para gente
con estrella, y aquí nacimos entre malaventura,
escasez y malos augurios.
No obstante, surgió un
padrino aburrido de su propia riqueza, y enfermo de
la soledad y los libros, al cual le quedó constancia
de las notables capacidades del muchacho en la
escuela. Le imaginaba adolescente, con la cara
sucia, montado en una mula hacia los trigales, y el
rostro del viejo rico giraba hacia la pesadumbre.
Tiene talento, y el talento no ha de morir en los
campos, pensaba. No tardó en hacerse con la compañía
del joven, porque además de ser un octogenario de
grata apariencia, trataba de reforzarle los
conocimientos
adquiridos en la
escuela, y al muchacho aquello le alimentaba el
espíritu inquieto y le distraía de la rutina
campesina. Avanzaba un paso por delante del resto en
las materias propias de la primaria, relativas a
cuestiones numéricas, geografía e historia, ciencias
naturales, y otros de los contenidos educativos de
los últimos años del franquismo. Por otra parte,
leía autores no contemplados en los planes
pedagógicos, en primer lugar porque eran extranjeros
y la tendencia era el estudio del literato español
sumiso con el Régimen y ajeno a los escándalos, y en
segundo lugar porque eran libros escritos desde la
libertad y la valentía de escritores, hoy en día
absorbidos por el mito. Wilde era demasiado frívolo,
o demasiado sentimental, pero en ese tiempo de
lástima sufría como un perro abandonado, y el
muchacho le contemplaba apartado en el olvido por
los retrógrados moralistas de la época victoriana, y
por la deslealtad de un patán, de nombre Bosie.
Kafka, le contaba el viejo, siempre tenía la mirada
compungida de tanta tristeza que le producía la
situación del hombre en las redes de producción.
Nabokov excitó notablemente la curiosidad y la
sexualidad del joven, que veía a Lolita, desde la
ventan del cuarto de baño, corriendo por las calles
empedradas, desnuda bajo la lluvia, con sus labios
rojos, sus pechos bamboleantes, y su rostro
impúdico, bello, fresco. También había adquirido
otra dimensión erótica con Lawrence, y El Amante de
Lady Chatterley.
El viejo se llamaba
Alejandro Montesquinza. Era viudo, comedido en las
reflexiones, sincero en la mirada y ágil de mente.
El joven, Javier Seco, llevaba miseria hasta en el
apellido. Le gustaban los mapas, los libros, era
vivo de mirada y espíritu, listo, voluntarioso,
constante, y su gran desafío era cambiar la
realidad. Un día se tuvo que marchar. No había
puertas que abrir para avanzar en aquel pueblo. Solo
quedaban las eras. Su padre le dijo: volverás, tu
regreso será temprano; la ciudad no está hecha para
gente como nosotros. Allí el aire no es tan puro, la
gente está tarada y cada día es una batalla. Y los
hombres mueren pronto. Al menos, he de probar, le
contestó el joven. Su madre le abrazó, le encomendó
a Dios y le deseo suerte.
El viejo Montesquinza le
dio un sobre de dinero, un diccionario y un atlas.
No es demasiado patrimonio, pero siendo tú, austero
e inteligente podrás vivir al menos durante dos
años. Te guardaré afectos y evocaré los recuerdos de
tu coraje. Si has de volver, que no sea por miedo,
cobardía o soledad. Si necesitas dinero, yo mismo
iré a entregártelo. Le tomó las manos y se las
apretó con cálida y sincera fuerza. No se volvieron
a ver.
El muchacho no estaba
acostumbrado a las urgencias de la ciudad, y aún así
no tardó en hacerse con los hábitos de la capital y
formar parte de su entramado como si fuera uno más
de los nacidos en Madrid. A los catorce años comenzó
el bachillerato, destacando de manera notoria en las
materas de humanidades. Participaba en otras
actividades del instituto relativas a tertulias
literarias, disertaciones sobre temas sociales y
cursos complementarios de idiomas. Vivía en la
humilde pensión Villa Teresa, que olía mucho al
alpiste del canario que revoloteaba en su pequeña
cárcel. También había aromas de cocina, guisos con
mucho laurel y mucha cebolla, y olores densos de
coliflor cocida. Al patio apenas llegaba la luz, y
tal vez aquella penumbra era triste y deprimente,
pero el trasiego constante de viajantes hospedados,
mujeres maduras, picaronas y alegres, y gatos, le
confería un aire jovial. Alrededor del patio había
sillas de mimbre, y de repente, en una esquina, un
baúl abierto lleno de periódicos atrasados, donde
Javier curioseaba e investigaba para los manuscritos
que en aquellos momentos iniciaba. De vez en cuando
se sentaba allí, y o bien rebuscaba entre los viejos
diarios, o bien escuchaba al señor Lisardo, que le
tenía en buena estima y le contaba historias de
posguerra, de putas, de poetas alcoholizados
esperando la muerte, de cárceles, de homosexuales y
de literatura. Al lado del baúl había una puerta
verde de madera corroída, que cuando estaba abierta,
dejaba ver la estampa de una jineta disecada y un
calendario de la Inmaculada Concepción.
A los dieciséis, como
había augurado su protector, se le acabó el dinero.
Ese verano regresó al pueblo. El viejo había muerto.
Había sido en la última primavera. Primero una
jaqueca, luego un dolor en el pecho, a continuación
se desplomó. Así lo contó su asistenta, Luisa. El
muchacho lloró poco, pero con rabia. Golpeó los
nudillos contra una puerta y marchó a ver a su
familia. Su madre le abrazó con violencia y le dijo
que estaba muy cambiado, muy bien aseado, y que
parecía un estudiante de carrera. Su padre le dio
una palmada rigurosa y cumplidora en el hombro, y le
habló de manera recia. A ver qué haces ahora que el
viejo falta, pues por aquí apenas tenemos para un
mendrugo de pan y un trozo de queso. Las cosechas
vienen malas, y nosotros ya no valemos mucho. Dentro
de poco, empezaremos a menguar.
Volvió a la ciudad.
Buscó trabajo como profesor de clases particulares y
lo encontró. Tres chicos con dificultades en la
educación primaria, pocos estímulos y exiguas
aspiraciones, salvo las de seguir acomodados en el
seno de sus familias adineradas. Trató de darles
aliento, aportarles lo necesario para aprobar y
rebuscarles las inquietudes. Con dos de ellos lo
consiguió. El tercero era un soberbio de mente
simple, estrecho de ideas y ancho de cuerpo,
arrogante y farolero como lo son algunos ricos de
nueva generación. Esta actividad no daba ni para
vivir en estricta austeridad. Entonces lo compaginó
con un trabajo de camarero, desde las cinco de la
tarde hasta la medianoche, en un hotel de mediana
categoría, Viena, que era un nombre un poco atípico
para los aledaños de Gran Vía, de esos que se
utilizan para intentar alzar la clase de algunos
edificios, vulgares e impersonales de fachada, y de
apática decoración interior.
A los dieciocho acabó la
secundaria. Regresó otra vez al pueblo. Su padre
tenía el rostro más apagado que nunca y los surcos
de sus arrugas mostraban la franqueza de un
envejecimiento acusado en los últimos años. Se te ve
buena aspecto hijo, debe ser que te sienta bien la
ciudad. Quizás el tiempo te dé la razón, y seas
amigo de la prosperidad. Quizás hiciste lo propio,
al emigrar al lugar de las oportunidades, pues esto
va para tierra de viejos y gatos. Yo no conocí otra
cosa, y siempre tuve miedo a los cambios, porque así
me enseñaron, y así avezado, viví Tu pareces de otra
sangre, que ningún Seco acogió pájaros en la cabeza,
como esos libros y esas historias del viejo
Alejandro, ni tuvo alma de emigrante. La madre le
volvió a abrazar, con el mismo ímpetu de la última
vez. Pues será bueno que mi hijo sea distinto y
cambie el destino de la familia, dijo entre
lágrimas.
Al cabo de cinco años,
Javier miró hacia atrás. Era una tarde de Junio.
Ópera era algo similar a un oasis de paraíso en la
ciudad. La temperatura era agradable y la leve brisa
traía los aromas de todo lo que formaba parte del
entorno; los perfumes femeninos, la sudoración de
los niños, las flores, la hierba húmeda. Estaba
sentado en una terraza de verano. A su lado, Laura.
Se habían conocido tres años atrás. Ella era de
Madrid, pero su rostro tenía rasgos nórdicos, la
mirada azul y rasgada de una finlandesa, la piel
blanca. Llevaban una relación de encuentros bastante
esporádicos, pero había intensidad y armonía en sus
citas. Siempre que se veían terminaban acostándose
juntos. El había probado antes con una puta que fue
a dormir una noche a Villa Teresa. Lo de Laura eran
iniciativas excitantes que brotaban suaves e iban
tomando velocidad, buscando el equilibrio de los
ardores. Era el aroma a esencias cítricas. Era la
voz de Natalie Merchant, asidua a las escenas
eróticas, con los acordes etéreos de Ophelia.
También era el destello de los ojos mojados y el
gesto volátil de quien se deja llevar. Con la puta,
que se llamaba Ángela, y era colombiana, vio la
destreza maquinal arrastrada por la costumbre y el
dinero, el rostro somnoliento, la mirada perdida y
las urgencias por culminar. Olía a tabaco, a taberna
y a perfume denso, como de rosas marchitas. Tenía
una cicatriz en un pómulo. Se lo había dicho una vez
el viejo Lisardo. Ser una puta es un oficio con
riesgo. Siempre acaban marcadas. Si no es el
cliente, es el proxeneta. O tal vez uno de esos
mediocres de mucha ignorancia y ningún escrúpulo,
que siempre hablan de basura y escoria. Violentos y
débiles. Irascibles, y cobardes como las hienas
solitarias.
Ahora era licenciado.
Miraba hacia atrás. Había trabajado mucho, y eran
escasos los días que no tuvo ojeras. El Viena, las
clases particulares, la Universidad. Recordaba el
aire frío de las noches de invierno, las últimas
caras apáticas y cansadas del metro, los taxistas
solitarios por las calles vacías, la luz tenue de su
habitación, depresiva y triste como la vida sin
coraje, y sin inquietudes, como el hogar del pobre.
O como el mundo de los establecidos en el hastío.
Recordaba a los muchachos de las clases
particulares, las primeras impresiones, las
reacciones, los avances. Recordaba la soledad de las
últimas horas en el hotel, el ruido de la cafetera,
la ausencia de premura de los nostálgicos
arrinconados en una mesa con su vaso de whisky, sus
ojos vidriosos y la compañía de una televisión que
nunca se apagaba, los amplios pasillos de la
Facultad, los alumnos con urgencias corriendo hacia
las aulas, el agotamiento, los nervios, los
exámenes. Y en cada pensamiento aparecía de lejos,
como difuminada, entre brumas, la imagen de
Alejandro Montesquinza.
Javier Guerrero Rodríguez *
javierdivisa@yahoo.es
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