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Diciembre
2007
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El forastero.-
Cuentan las malas lenguas,
perversas por necesidad de satisfacer los deseos de
la voluntad dañina, alimentando el chisme, que en la
mente de Álvaro el Forastero moraban hábitos ligados
a la mentira y la habladuría, pero doy fe yo,
Eduardo Ayala, de la veracidad de sus viajes por
diferentes países, sus negocios con Oriente, sus
largas estancias en París, su extravío por las
calles de Praga, los ojos rotundos, de belleza y
oscuridad, golpeados por la lluvia que le miraron
desde un pozo de miseria en un mercado de Delhi...,
porque yo estaba allí, en cada uno de esos capítulos
de su vida.
Antes del viaje a La India,
Álvaro había estado en el pueblo, donde los suyos
descansaban casi todos en el cementerio, pero era
deudor de visitas a su tío Lorenzo y a un par de
amigos de la infancia, y buscador del sosiego que le
daban las rutas de la sierra y la pesca de la
trucha. Por las noches bebía una jarra de cerveza en
la terraza de El Jardín y descubría cierta vanidad
al narrar sus avatares y experiencias por el mundo.
Algunos pensaban que engendraba fantasías y luego
las esparcía a los del pueblo para labrarse dotes de
orador, otros que soñaba despierto. Había una
cuadrilla de jornaleros que pensaba que estaba loco,
una minoría que sus palabras eran verdades brotando
vivencias de manifiesta curiosidad, y un grupo
considerable decía que era ésta su forma de
entretener el tiempo adornando con embustes aquellos
hechos de poca fiabilidad. Yo, sentado a su lado,
asentía y recibía como golpes algunas miradas
despectivas, otras desconfiadas, pero había otras,
interesadas y aprobatorias que me calmaban, dándome
aliento para seguir allí, junto a mi amigo el
Forastero.
Era la historia de un tipo que en
cierta ocasión probó carne de rata en China, donde
fue golpeado y zarandeado por un mendigo borracho,
pero el hizo como si nada y marchó a negociar los
precios de unas camisas de encaje, y luego invirtió
su dinero en abrigos de mohair, en faldas de lana y
en diademas de nácar, lo cual repercutió a
posteriori de manera satisfactoria en su economía,
la hipotecaria y la ociosa. También le tiró los
tejos a una chinita pekinesa que le descubrió sus
hechizos orientales en una alcoba con aroma a salsa
agridulce y a jengibre. Y le dejó la marca de sus
uñas en la espalda y la mueca hermética de una
indiferencia que le dolió a el Forastero durante
unos dieciocho minutos. Luego marchó a Inglaterra a
mejorar su inglés, pues aparte de ser de pésima
calidad, era la lengua británica importante para su
trabajo, y aunque no fue demasiado divertido,
recordaba con cierto ahínco las curvas de Amelia,
aquel vestido rojo, ligero, que la lluvia ceñía, los
labios pintados de azul, el mismo azul de la bandera
inglesa, el mismo rojo, aquel trajín erótico-cómico
en la última mesa del último rincón de la última
estancia según entrabas a la derecha en el Pub Rain
& Moon. Una portuguesa pecosa, delicada, con la piel
más rosada que muchos anglosajones. También
rememoraba los mercados de segunda mano, algunas
compras interesantes por Camden Town, las estolas de
seda, las velas aromatizadas con vainilla, las
máscaras de carnaval, los guantes de piel de cabra,
y una borrachera reconfortante con una amigo del
instituto al que encontró un fin de semana en Harrow
Weald, de esas que despejan la mente, inspiran y dan
nuevos bríos para seguir con ganas de vivir en un
barrio residencial como Edgware donde tan breves son
las horas de vida, donde a las seis y media de la
tarde ves a alguien a quince metros y cierras a la
par el puño y la mandíbula, y sopesas entre el miedo
y la sospecha, la condición de maleante del tipo que
tienes frente a ti, y no es más que un esclavo de la
sociedad británica, derrengado y con un desánimo en
el rostro parecido al de un funcionario de
prisiones. También evocó en alguna ocasión recuerdos
de Praga y habló de la intensidad del azul en los
ojos de las mujeres checas, de la severidad de los
anticuarios, el caudal del río Moldava y de la noche
nebulosa en las calles empedradas que suben al
castillo. Y les recordó que Kafka inventó a un
extraño tipo llamado Gregor Samsa que una mañana
apareció sobre su humilde lecho convertido en un
bicho raro, un insecto de dimensiones colosales y
aspecto monstruoso. Algunos dijeron que eso solo
podía ser obra de un hombre loco, además de triste,
y trató de convencerles sobre las intenciones del
escritor checo de reflejar la perdición de los seres
humanos en una sociedad cada vez más compleja, y
burocratizada, establecida en redes de producción
carentes por lo general de toda afectividad. Volvió
a mencionar al tipo abatido del barrio residencial
de Londres, y dijo que dar sentido a la vida y
pensar sobre ello es algo tan depresivo y
melancólico como el recuerdo de nuestros muertos.
Pero en esas fases de triste filosofía
existencialista y análisis de la dura realidad,
muchos hombres tomaron grandes decisiones que casi
nadie entendió. Sólo creyeron en ellas los
ejecutores que a la vez que ganaron la libertad,
recobraron la autoestima. Abandonó estas
complejidades, alarmado por unos cuantos bostezos y
sus palabras volaron rumbo a Sicilia. En Palermo,
paseó por su decadencia y contempló la buena
naturaleza de las muchachas asomadas a los balcones
de las ruinosas fachadas, jugó a seguir a dos
hombres perfectamente engominados, con oscuros
trajes, que en su recorrido se santiguaban ante
todas las imágenes marianas, y los imaginó como
entes del entramado de la mafia siciliana. Allí los
dejó a los dos, coqueteando con las prostitutas de
un barrio muy deteriorado, abandonado y lleno de
escombros, como si en los momentos previos hubiera
habido un bombardeo.
Algunos le preguntaron por su
salud. Dijo que en Angola la piel se le puso
amarilla y tuvo diarreas, y que había ojos tan
inexpresivos y hastiados de vivir que parecían mirar
desde la muerte. Yo, que estuve allí, intervine para
decir que habíamos aprendido que en aquel lugar la
vida no valía nada, si bien era el arma que junto al
dinero, servía para todo.
Luego habló de Varsovia, de
París, de Viena..., y marchó el Forastero a dar una
vuelta por la Plaza Real, una semana antes de que
emprendiéramos viaje a
La India.
Llegó otro viaje a La India, y yo
me acordé de Kafka, de la aburrida rutina del inglés
y de su hastío de la vida reflejado con crueldad en
el rostro, y de la madre que parió a Kafka. Y me
temía que este cabrón tomaría alguna decisión tan
extraordinaria como urgente, tan lunática, e imagino
que irreflexiva. O demasiado meditada. No lo sé.
Egoísta con respecto a mi persona. Queramos intuir
que reconfortante para el chiflado. La India. La
humedad, la belleza, la sonrisa, el calor, la
miseria, las moscas, las ratas, las vacas, los
monos. Estaba más flaco que en África. Iba rumbo a
parecer un esqueleto, pero su apariencia no era tan
amarillenta como en Angola, más saludable que
enfermiza, o al menos eso me pareció a mí entre
tanta miseria y tanto rostro desencajado. Estaba
sucio y gozaba de ello. Se sentaba en cuclillas,
hablaba con los hindúes en los puestos de fruta,
fumaba unas hierbas que le daban, y se alimentaba
básicamente de mangos y plátanos. Comportamiento
paulatino que tardó una semana en adquirir.
Una mañana
volvía yo de hacer compras en Chandni Chowk – Delhi-
para el negocio que
ambos llevábamos y al regresar a Lodi Gardens le vi
jugando con unos niños a volar cometas de papel. Me
miró con desgana y mostró nulo interés hacia mis
cometidos comerciales, me dijo que solo pensaba en
el dinero, y yo no sabía si darle un puñetazo en el
estómago o golpearle la cara para hacerle
recapacitar. Finalmente opté por abandonarle. Le
observé desde la lejanía. Parecía uno más de ellos,
nacido en cualquier lugar inmundo del Rajasthan. No
sé si fueron las hierbas, o aquella vez, la mirada
oscura, atractiva, en el mercado, la densidad del
olor, la piel, o las multitudes. Supongo que un poco
de todo y un mucho de algo que hasta la fecha
desconozco. Tantas razones ha de haber que le
retengan en Oriente como motivos que le impidan el
regreso a Occidente.
Al día
siguiente del incidente de los jardines marché a la
fundación que lo acogía y un hindú espigado y
escuálido me dijo que ya no estaba. Había marchado a
Calcuta. Me dejó una carta de disculpa: espíritu
renovado, creencia en el destino y buena suerte.
Fantoche, pensé en aquel momento. En
post-data solicitaba
que le mandara medicinas cuando llegara a España.
Abajo daba unas señas, una casa de huéspedes de
Calcuta.
Al cabo de un mes le fui a ver.
No le encontré.
Cuando se lo conté a los chicos,
todos escuchaban expectantes, excepto los hermanos
Toledo, expertos en la crítica y en disfrazar la
realidad de los hechos. Los otros me preguntaron
acerca de la posibilidad de volver a verle. Si y no,
les respondí, no sé si es una posibilidad remota o
real, todo es posible, o imposible. Me preguntaron
si le vi feliz. Parecía uno de ellos, les respondí.
Javier Guerrero Rodríguez *
javierdivisa@yahoo.es
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