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Febrero 2008
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La Carta.-
Estimada señorita:
Imagino su sorpresa
cuando lea estas palabras envueltas en cobardía, y
que serían motivo de escándalo y tormento para mi
familia y futura esposa, pero estaban mis
intenciones fluyendo en el desasosiego de mi mente,
cuando percibí con vigor la necesidad de satisfacer
mis deseos encaminados a que sus ojos lean estas
líneas.
No soy yo hombre
aficionado a visitar burdeles, ni con ello pretendo
amonestar o detestar los continuos trasiegos de las
casas de citas, que cada uno ha de obrar libremente
y hacer en su vida lo que le venga en gana, siempre,
reitero, que exista libre capacidad volitiva, aunque
el escritor de esta carta no sea claro ejemplo de
ello. No obstante, la circunstancia de no ser asiduo
a los intercambios de dinero por el goce de la
carne, no me exime de haber obrado alguna vez en
esta dirección, y no tengo reparos en confesar mis
tres entregas a debilidades y vicios de eso que
llaman casas de mala reputación.
De lo anteriormente
expuesto poco guardo en el recuerdo, salvo la
experiencia de que tan efímeros son los deseos y los
ardores pasionales que apenas sentía necesidad en la
culminación de mirar a la cara a las mujeres que
pagué, que para ese rato fueron contratados sus
servicios y mi espíritu no encontraba motivos para
prolongar con ciertos afectos o palabras, pues lo
que compré quedó pagado, y evaporado.
Hubo una cuarta visita,
la cual es razón de esta carta, si bien diferente
rumbo tomó mi estancia, pues no me ofrecí a placeres
sexuales, ni ninguna necesidad sentí de darme al
libidinoso juego.
No se si me recuerda.
Usted estaba en una esquina, muy solitaria, y
austera en la mirada al entorno, mientras las otras
mujeres danzaban y caminaban pomposas entre los
clientes, con un aire muy femenino y muy
complaciente. Había un aura muy diferente en su
rincón, una atmósfera nostálgica y de pesadumbre que
poco encajaba en aquel lugar donde todo era ficción
y negocio. Yo me evadí del ambiente y dirigí mi
atención hacia su posición, donde apenas llegaba la
densa humareda, y las risas y las voces apenas
distraían. Me deslumbraba poderosamente aquella
escena. Tenía usted los ojos más hermosos que
contemplé en mis años de vida, dos estrellas verdes
arrastradas hacia la melancolía, profundos de
mirada, lacrimosos y sinceros, tristes y envueltos
en frescura, como su piel aterciopelada de muchacha
joven navegando en los mares de la infelicidad.
Atrapado por aquel espectáculo de la naturaleza, a
continuación me detuve en otros rasgos que no
perdían la sintonía de la belleza, y pensé que era
afortunada, porque
parecía usted brotada de las manos de un escultor en
búsqueda de la hermosura, si bien algo había en su
rostro, de estrella errática, de sufrimiento en su
caminar sin rumbo, de lamento por el pasado, de
desdicha arraigada, que me mostraba una mujer
desgraciada.
Desconozco su historia,
los imprevistos y las circunstancias que trajeron su
presencia a estas tierras donde solo hay ricos y
pobres, que por aquí no se conocen condiciones de
clase media, que a muchos les sobra el pan y a otros
no les llega, y más concretamente, ignoro las causas
y pormenores de su entrada en el gremio de las
mujeres de la vida, pero su imagen me otorgó una
serenidad nunca antes encontrada en la cara de una
mujer, como si toda mi vida anterior se hubiera
difuminado por esos momentos que descubrían su
rostro por primera vez, y hasta osé pensar que había
yo nacido para contemplar esa estampa.
Soy el hombre que
avanzó como impulsado con una fuerza mágica hacia su
posición y le ofreció un cigarrillo que usted
rechazó educada y tímidamente. Tenía dos libros
sobre la mesa, supongo porque mataba el tiempo
leyendo y mirando a las muchachas. Uno era
El Retrato de Dorian Gray
de
Oscar Wilde y otro,
Dublineses,
de
James Joyce. Fue
entonces cuando me decidí a hablarle y surgieron un
par de furtivos comentarios que nunca antes había
hecho pero eran parte de mi pensamiento. Le dije que
Wilde había sido un genio que sufrió por amor, pero
es lo que conlleva el juego de los valientes y de
los hombres entregados. También que si Dublín
despareciera se reharía con las historias de Joyce.
Soy un hombre que vive
en la angustia porque acata los motivos de las
gentes de alto linaje y contraerá matrimonio porque
así se ha decidido, aún a pesar de no amar a la
mujer de su enlace, pero es boda de intereses que me
dará dinero y me negará el amor.
Soy un hombre cobarde
porque temo las represalias de mi negativa a tal
pacto de conveniencia, y lo asumo con el silencio de
la sumisión.
Soy un hombre que
frente a sus ojos sintió el sabor amargo del resto
de su existencia, poco antes de percibir la
dramática y extraña sensación de que mis ojos habían
estado buscando los suyos durante toda la vida, y a
Dios pido que algún día, por muy lejano que sea, mis
manos encuentren las suyas.
Javier Guerrero
javierdivisa@yahoo.es
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