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mirobrigasemanal.es / Octubre
2007 |
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- Lucía.-
Lucía tenía un
despertar glorioso, sol y agua en la mirada lobezna,
brillante y acuosa, como si fuera el colofón del
llanto extinguido, dos estrellas verdes que yo
encontré en la noche, el rostro natural, salvaje y
bello de las mujeres tribales, y la cascada de
cabello oscuro fluyendo por su espalda desnuda. Yo
no paraba de mirarla, cuando se cepillaba el pelo,
cuando viciaba el color y la tersura de su piel con
cosméticos de bagatela, cuando lucía el tanga por el
pasillo, cuando resoplaba el mechón dorado porque le
incomodaba. Hasta que no recurría a los potingues le
dedicaba una mirada de deleite que luego se tornaba
al resentimiento. Era más bella al despertar, luego
ella se encargaba de adquirir condición de princesa
cheli, cuando adulteraba con cremas y potingues la
belleza de su rostro y se vestía con el último
modelo de la venta ambulante. Pero en su despertar
parecía existir un pasado de princesa árabe, de
belleza divina, de hombres que tirarían por la borda
su honor, su fidelidad, lo que fuera, por estar
junto a ella. Lucía era una estrella al despertar
que perdía brillo cuando visitaba el cuarto de baño,
una fuente primorosa que derramaba ganas de entrega
carnal, de vivir y ella mismo iba agotando, hasta la
llegada la noche, cuando su rostro representaba. Fue
todo y nada. Cuando los nervios agradables que
bailaban en mis tripas se convirtieron en
angustiosas punzadas en la boca de estómago eran las
nueve de la mañana de un día fresco que iniciaba el
otoño.
Javier Guerrero Rodríguez *
javierdivisa@yahoo.es
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