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mirobrigasemanal.es / Setiembre
2007 |
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ALLAN
SEYMOUR
La primera vez que contemplé la figura de Allan
Seymour a menos de un metro de distancia me pareció
mucho más viejo que en las fotografías de los periódicos y las revistas de literatura. También le
aprecié una incipiente obesidad, una mirada
pesimista y vidriosa otorgada por el alcohol, un
tembleque alarmante en su pulso de borracho
nostálgico y un rostro devastado, a la vez nítido
reflejo de su alcoholismo. Hablaba solo y con
dificultad, e intuyo que por sus expresiones
mierda de vida, jodidos psiquiatras y
palabras muertas, con clara conciencia de su
lamentable estado. Había vivido sus sesenta años
precedentes al lado de muchas mujeres y de
demasiados amigos para calibrar los afectos de cada
uno de ellos. También tuvo enemigos, casi todos del
mundo de las letras, ya fuera en la versión crítica
o creadora, si bien además hubo lugar para
abundancia de despechos de algunas de sus amantes e
intenciones de destrozar su extraño equilibrio de
artista. Ganó dinero y dirigió sus inversiones a
beber, viajar, visitar burdeles, hacer el ridículo y
perder la dignidad. Detrás de todo lo anterior había
un magnífico escritor. Desgarrador, caótico, sincero
y hasta pudiera ser que divertido.
Leyendo a Seymour uno descubría realmente que la
literatura era forma dotada de magistral fórmula y
hábil pluma, era lenguaje puro, era organización de
determinados ambientes británicos para conseguir
determinados efectos, fantásticos resultados, y creo
que quien lee El jardín del recuerdo
inmediatamente percibe la forma literaria, con los
juegos temporales, los relatos como caminos que
acaban uniéndose, ligando historias acaecidas en
diferentes épocas y ciudades, buscando y logrando el
objetivo de dotar de una complejidad, de una
ambigüedad, de unas nieblas, una historia que
narrada de otro modo sería mucho más simple e
ingenua.
Allí estaba yo, sentado a su lado, en la
barra del Pub Belgrave, sin valor para dirigirle la
palabra, mirando con disimulo su aspecto
desagradable, aferrado a mi cerveza y bien asentado
en el taburete, velando por que aquella grandiosidad
sumida en el desastre y saciada de vivir, no se
percatara de mi presencia, y pensando que ya no
habría más coincidencias.
Vivió sus últimos días arrastrando los
pies entre las calles del Soho, frecuentando las
barras del Belgrave y del King´s, perdido entre la
bruma de Londres, acosado por sus nieblas
interiores, levantándose a las once de la mañana
para iniciar su rutina etílica. En el King´s le
trataban con cierta reverencia, tal vez porque tras
su rostro prematuramente envejecido, las feroces
arrugas y su aspecto miserable había un pasado de
gloria literaria, y tienen tendencia muchos ingleses
a respetar la decadencia de los genios, a no
derribar las ruinas humanas de los grandes
creadores.
Allan Seymour murió a los sesenta años,
con el hígado destrozado, el corazón triste de un
pobre diablo y estas últimas líneas de herencia: <<No
tengo fuerzas para llorar, ni ánimo para vivir, tal
vez por el vértigo de mis años de vida. La velocidad
de mis etapas existenciales me hizo un inmenso daño,
tanto como si en mis años precedentes hubiera
sembrado cansancio y alcohol, y el árbol brotado
estuviera destinado a morir en breve espacio de
tiempo. Un abrazo a todos los que me quisieron, y
una tregua infinita a los que me sufrieron>>.
Javier Guerrero Rodríguez *
javierdivisa@yahoo.es
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