Viaje a las profundidades: Robledillo de Gata

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  El Rebollar
AUTOR:

ANGEL MARIA RIOS ESPARIZ

FOTOS:

ALBERTO CLAVERO RIOS


En una sociedad tan viajera como la nuestra, dominada por el marketing, también en lo referente al turismo, todavía existen lugares cuyos nombres son desconocidos por la mayoría de la población a pocos kilómetros a la redonda. La razón de ello no es que carezcan de interés cultural, paisajístico o culinario, sino que son parajes recónditos y sus accesos dejan mucho que desear. Uno de estos lugares es Robledillo de Gata, al norte de la provincia de Cáceres, en la sierra del mismo nombre. Para acceder a él desde Ciudad Rodrigo el camino más pintoresco se adentra, desde la capital de El Rebollar, Robleda, hacia Sahugo, donde se toma lo que llamamos El Risco de Martiago hasta llegar a Descargamaría. Pero no corramos tanto, porque Robleda merece una parada para observar su enorme Iglesia, desproporcionada por su tamaño no ya por su belleza, que una comarca con tanta cultura se merece eso. También hay que mencionar, no es para menos, su paisaje de robles y encinas y sus campos con ganado vacuno autóctono. El paisaje, a medida que ascendemos a la Sierra de Gata, va cambiando. Los pinos se hacen dueños del terreno y qué pena, los desastres ecológicos producidos por los incendios, fortuitos o intencionados convierten el vergel en una estepa.

El descenso de la Sierra de Gata empieza a presentar otro panorama, los pinos se vuelven a mostrar en una abundancia que sacia la vista y la carretera se convierte en un hilo que se tuerce y retuerce en unas pendientes muy acentuadas. Cuando llegamos al final de la bajada nos encontramos con Descargamaría, una olla microclimática donde encontramos olivos, vid, frutales y, por cierto, una linda piscina natural donde los lugareños se refrescaban del calor infernal que estaba haciendo ese día. A poca distancia del lugar se encontraba nuestro destino: Robledillo de Gata. Un pueblo agrícola, con abundancia de olivos, vid, frutales, huertos caseros donde contemplamos extraordinarios tomates, cebollas, patatas, higos… pero lo más impresionante era la arquitectura de sus casas, sus calles, sus edificios más significativos: la iglesia, el ayuntamiento. Todo era muy natural, no está todavía comercializado, como en La Alberca. Se veían muy pocos turistas, a pesar de que hay varias Casas Rurales. Un elemento común le da sentido de conjunto: la pizarra. Las formas caprichosas y pintorescas de las casas le da el otro elemento: la belleza sencilla, sin artificialidades que quieren hacer pasar por viejo lo que es de ayer. En este pueblo probamos alguna de sus delicias culinarias como una tabla de quesos de cabra, o ese vino que tiene un color revuelto y un sabor extraño a los paladares de La Rioja o La Ribera del Duero pero muy interesante y con mucha potencia etílica. En este pueblo también tienen su piscina natural donde tomamos un baño muy refrescante porque sus aguas, por venir de la montaña, son más bien fresquitas.

Pasado el calor del medio día, iniciamos el camino de regreso ahora por una carretera de mejores características, cruzando por Las Hurdes para entrar en la provincia de Salamanca por Sotoserrano. Desde ahí nos dirigimos hacia La Alberca y a continuación hasta Ciudad Rodrigo. Por cierto que, ¡cómo han cambiado! Las Hurdes, menudos pueblos, qué riqueza maderera y comercial, citemos, por ejemplo, Pinofranqueado.

Merece la pena el viaje, sólo el que sea miedoso con los precipicios y las curvas, ¡qué se lo piense dos veces!

Ángel María Ríos Espáriz

 

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