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En
una sociedad tan viajera como la nuestra, dominada por el marketing,
también en lo referente al turismo, todavía existen lugares cuyos
nombres son desconocidos por la mayoría de la población a pocos
kilómetros a la redonda. La razón de ello no es que carezcan de
interés cultural, paisajístico o culinario, sino que son parajes
recónditos y sus accesos dejan mucho que desear. Uno de estos
lugares es Robledillo de Gata, al norte de la provincia de Cáceres,
en la sierra del mismo nombre. Para acceder a él desde Ciudad
Rodrigo el camino más pintoresco se adentra, desde la capital de El
Rebollar, Robleda, hacia Sahugo, donde se toma lo que llamamos El
Risco de Martiago hasta llegar a Descargamaría. Pero no corramos
tanto, porque Robleda merece una parada para observar su enorme
Iglesia, desproporcionada por su tamaño no ya por su belleza, que
una comarca con tanta cultura se merece eso. También hay que
mencionar, no es para menos, su paisaje de robles y encinas y sus
campos con ganado vacuno autóctono. El paisaje, a medida que
ascendemos a la Sierra de Gata, va cambiando. Los pinos se hacen
dueños del terreno y qué pena, los desastres ecológicos producidos
por los incendios, fortuitos o intencionados convierten el vergel en
una estepa.
El
descenso de la Sierra de Gata empieza a presentar otro panorama, los
pinos se vuelven a mostrar en una abundancia que sacia la vista y la
carretera se convierte en un hilo que se tuerce y retuerce en unas
pendientes muy acentuadas. Cuando llegamos al final de la bajada nos
encontramos con Descargamaría, una olla microclimática donde encontramos
olivos, vid, frutales y, por cierto, una linda piscina natural donde los
lugareños se refrescaban del calor infernal que estaba haciendo ese día.
A poca distancia del lugar se encontraba nuestro destino: Robledillo de
Gata. Un pueblo agrícola, con abundancia de olivos, vid, frutales,
huertos caseros donde contemplamos extraordinarios tomates, cebollas,
patatas, higos… pero lo más impresionante era la arquitectura de sus
casas, sus calles, sus edificios más significativos: la iglesia, el
ayuntamiento. Todo era muy natural, no está todavía comercializado, como
en La Alberca. Se veían muy pocos turistas, a pesar de que hay varias
Casas Rurales. Un elemento común le da sentido de conjunto: la pizarra.
Las formas caprichosas y pintorescas de las casas le da el otro
elemento: la belleza sencilla, sin artificialidades que quieren hacer
pasar por viejo lo que es de ayer. En este pueblo probamos alguna de sus
delicias culinarias como una tabla de quesos de cabra, o ese vino que
tiene un color revuelto y un sabor extraño a los paladares de La Rioja o
La Ribera del Duero pero muy interesante y con mucha potencia etílica.
En este pueblo también tienen su piscina natural donde tomamos un baño
muy refrescante porque sus aguas, por venir de la montaña, son más bien
fresquitas.
Pasado
el calor del medio día, iniciamos el camino de regreso ahora por una
carretera de mejores características, cruzando por Las Hurdes para
entrar en la provincia de Salamanca por Sotoserrano. Desde ahí nos
dirigimos hacia La Alberca y a continuación hasta Ciudad Rodrigo. Por
cierto que, ¡cómo han cambiado! Las Hurdes, menudos pueblos, qué riqueza
maderera y comercial, citemos, por ejemplo, Pinofranqueado.
Merece
la pena el viaje, sólo el que sea miedoso con los precipicios y las
curvas, ¡qué se lo piense dos veces!
Ángel María Ríos Espáriz
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